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¿Volver o no volver a la oficina? Hablemos del dilema

27 de mayo de 2022
RH

 

La pandemia puso en evidencia desigualdades estructurales en la forma en la que trabajamos, y si bien existe la oportunidad de «reconstruir mejor», el camino hacia eso que es «mejor» no está tan claro todavía. Esto se debe en gran parte a que no todos los acuerdos de trabajo funcionan de la misma manera para todos los empleados. Una política que beneficia a algunas personas y las hace sentir incluidas, puede hacer que otras sientan que no pertenecen o que no pueden prosperar.

Hablar sobre el trabajo híbrido y sólo pensar en la dicotomía entre trabajar en casa o en la oficina es perderse una conversación más importante y profunda. Cuando fuimos obligados a cambiar el mundo del trabajo con la pandemia, tuvimos que aprender a conectar en formas nuevas. Conocimos un mundo distinto, más personal e íntimo que antes no habría sido posible vislumbrar. Vimos a nuestros colegas con sus familias, sus mascotas, sus hábitos, sus problemas, su salud mental, sus intereses, etc. Aprendimos (a veces a regañadientes) a abrazar la diversidad.

El trabajo remoto empezó a romper las estructuras tradicionales de las empresas porque no había otra opción, abrimos los ojos a una nueva forma de compartir información, crear proyectos y colaborar. En su momento, la virtualidad nos ayudó a acortar la distancia y a construir puentes donde sólo había incertidumbre. El trabajo remoto fue una oportunidad única para deconstruir el trabajo en sí mismo; ya está hecho, ahora nos queda el enorme reto de hacer algo con sentido a partir de las piezas que tenemos en las manos.

La dificultad hacia adelante es que el trabajo remoto se enfoca principalmente en tejer redes entre individuos separados por espacio físico, pero ahora tenemos que amplificar la conversación mucho más, incluyendo el tiempo en el que trabajamos, la cultura de transparencia, la forma de aprovechar cada interacción presencial, la disminución de sesgos cognitivos, el uso adecuado de la tecnología y el cuidado de nuestra gente sin importar en dónde se encuentre.

La conversación no es tan simple. Ahora tenemos que asegurarnos de que valga la pena el viaje hacia la oficina. Muchas organizaciones han sido tajantes al pedir que los empleados regresen, pero lo que no ha sido tan claro es el por qué y esto pone en riesgo muchas cosas, incluida la noción misma de la cultura híbrida. El mayor desafío es saber cuándo o por qué ir, necesitamos acuerdos de equipo que respondan a esas preguntas fundamentales con algo de sentido y no sólo por mandato.

¿Quién tiene que estar en la reunión? ¿Quién necesita un espacio físico? ¿Qué equipos necesitan resolver cosas más rápido y juntos?, etc. No se trata sólo de llevar a los empleados a la oficina, sino de aprovechar al máximo su tiempo.

El trabajo híbrido requiere volver a pensar los espacios físicos y cómo estos se integran de forma fluida con la persona completa y sus amplias necesidades. Para ello todavía tenemos un gran trecho por recorrer en términos de colaboración. Necesitamos crear plataformas que permitan que las voces sean escuchadas, que las ideas se puedan compartir con agilidad y, principalmente, crear una experiencia tecnológica en donde las oportunidades sean equitativas.

Para que lo híbrido sea efectivo, tenemos que evitar a toda costa caer en una doble cultura en donde hay dos jerarquías, por un lado, las personas que están en la oficina cerca del jefe y las que no. Tenemos que asegurar que es la calidad del trabajo la que hable por nosotros y no desde dónde se ejecuta dicho trabajo”.

La utopía es la creación de espacios físicos y virtuales apalancados por tecnología que permitan la serendipia, esos momentos casuales, afortunados y valiosos que se producen más cuando estamos “cerca” aunque estemos buscando diferentes cosas. El reto es que esa cercanía no dependa de la ubicación física ni de la temporalidad.

Un obstáculo es que, hasta ahora, la típica experiencia virtual laboral es primordialmente transaccional, sostenida por objetivos puntuales y una agenda concreta, lo cual resulta frustrante y limitado. Todavía tenemos que resolver cómo crear esos momentos de fluidez en donde conectamos de forma orgánica, humana y sencilla, para potenciar los lazos de verdad y resolvemos cosas juntos más rápido.

En resumen, tenemos pendiente la creación de núcleos tribales en donde humanos potenciados por tecnología crean resultados satisfactorios de negocio en bienestar de la sociedad. Para lograr avanzar en el camino híbrido, las empresas tienen que volver a pensar las buenas prácticas de coordinación y conexión humana. Idealmente, los equipos deberían definir claramente cuáles son las expectativas para cada uno.

¿Es razonable no contestar un mensaje directo en el chat hasta el día siguiente? ¿Qué pasa con los correos electrónicos? ¿Se espera que todos vean todas las grabaciones de las reuniones si no asistieron, o son opcionales? Estas reglas de compromiso pueden reducir en gran medida la ansiedad y el miedo de los empleados a perderse algo. Tenemos que evitar que parte del equipo se quede fuera de pequeños intercambios y decisiones menores que toman quienes trabajan juntos en la oficina.

Parte de lo que nos atrae a la oficina es la conexión con los demás. La oportunidad de interactuar con otros, aunque sea brevemente, fomenta un profundo sentido de pertenencia a un equipo y una identidad organizacional.

Éste es el potencial real de los espacios físicos: Nutrir y reparar la cultura de las organizaciones a través de las interacciones humanas de calidad. Una gran lección que tenemos que anclar de estos últimos años, es que podemos abrazar a las personas en su totalidad, con todas sus características. Las empresas deben de comprometerse a saber quién es la persona que trabaja con ellos, qué quieren ser en el futuro y ayudarlos a alcanzar sus metas de la mejor forma posible, para que todos nos beneficiemos sin importar en donde estemos.

Con información de El Economista.